miércoles, 25 de mayo de 2011

Los Hijos - Lectura Reflexiva



Venimos a este mundo con 4 necesidades psicológicas básicas a satisfacer: - Necesidad de amar y ser amado. Unas veces les amamos en exceso y no les enseñamos a darse, a amar ellos, a entregarse. Otras veces no tenemos tiempo para querernos o nos sobra pudor para “decirnos el cariño”. Y el cariño que no se dice se pierde. La familia es el lugar donde se nutren los afectos, no los estómagos. - Necesidad de ser válido. Todos necesitamos que se valore nuestro trabajo, nuestro esfuerzo, nuestra caricia… necesitamos ser necesarios. Hay que saber agradecer a nuestros hijos lo que nos hacen, hay que valorar su hacer, su cariño, su viaje a la cocina o a su cuarto ordenado. Es importante que se sientan válidos, no que se rodeen de personas que se lo dan todo hecho y les hace inválidos a ellos. Todos crecemos más hacia el estímulo que hacia el reproche. - Necesidad de ser autónomo. Todos, aún los más pequeños, necesitan su autonomía personal. Saber ir dejando espacios de responsabilidad, de hacer solos cosas. Es importante que nos sepamos fiar de ellos, dejarles equivocarse, que es un derecho de todo ser humano, sin necesidad de que los mayores recuerden: “ya te lo decía yo…”. Respetar la intimidad de su puerta cerrada, su cajón, sus secretos, sus cosas. - Necesidad de vivir en pertenencia. Nos da seguridad la familia, el clan, el grupo al que pertenecemos, necesitamos sentirnos incluidos y que nos lo recuerden, con el afecto, con la complicidad que da el pertenecer a una familia, una clase, un grupo determinado. Hay que valorar todos los grupos de pertenencia, la pandilla (sagrada para el hijo, aunque a los padres no nos encante). Pertenecer a grupos ayuda a la persona a cumplirse. Hay familias que no cuidan su núcleo familiar, que se pierden en la macro familia y no se encuentran solos sin televisión nunca. Hay que tener confidencias, risas, ritos, momentos especiales. Los hijos de hoy sienten que pertenecen más a las abuelas o a su profesor que a los padres, pues ellos suelen pertenecer a su trabajo más que a nadie.

Hay que hacer crecer, pues, en el hijo el YO FÍSICO con una buena alimentación y descanso. YO AFECTIVO y SOCIAL con unas relaciones cálidas, tiernas, abiertas, alegres, solidarias, potenciadoras de autoestima. YO MENTAL con información, conocimientos, materias y actividades nuevas... YO ESPIRITUAL con momentos de tranqulidad y soledad, de intimidad, de reflexión, de conversaciones profundas, de solidaridad desde planteamientos auténticos y fraternos.
Según lo anterior, ¿qué es entonces educar? Educar es tratar a cada hijo como persona distinta, diferente, independiente y libre. Hay que aceptar la individualidad que es sagrada y permitirle ser él mismo, seguir su camino, su vocación. Educar es actuar siempre desde la madurez, desde la coherencia interna, desde la propia verdad y la realidad de lo que somos sin fingimientos, ofreciendo lo mejor de nosotros mismos sin alardes, sin importar que aparezcan nuestros defectos y debilidades. Educar es estar atentos a reforzar y alentar cuanto de positivo tenga el educando, aunque debe evitarse elogiar por todo y a cada momento, dando la sensación de que se le está juzgando constantemente. Educar es descartar las etiquetas, las frases destructivas (“me avergüenzo de ti, eres un desastre, no serás nada en la vida, cada día vas peor…”. Estos juicios negativos (profecías autocumplidas) causan verdaderos estragos en la autoestima y autorespeto del inmaduro, bloquean su seguridad y aumentan la culpabilidad. Educar es averiguar qué efectos producen en nuestros hijos nuestras actitudes tan negativas como la intolerancia, los insultos y descalificaciones, la permisividad excesiva y las formas violentas en el trato.

Y educar no es no es pasarse entre los esposos las culpas de la malcrianza de los hijos. Es asumir cada cual su parte de error y poner remedio cuanto antes. Educar no es que un padre consienta todo mientras el otro se muestra intransigente, pues se confunde y desorienta al educando. Educar no es aplicar parámetros distintos según el buen o mal humor del momento. Educar no es dejar perdidos a los hijos sin unas normas precisas y claras por las que guiarse y que les proporcionen seguridad. Educar no es que cada adulto ejerza en el hogar la autoridad a su capricho. El padre con gritos y castigos, la madre tapando y tolerando y los abuelos chantajeando o comprando el cariño. Educar no es cambiar de opinión según el capricho o el humor, ni dar órdenes contradictorias que dejan al educando sin puntos de referencia y sin saber a qué atenerse.

Educar es ser ejemplo permanente de autenticidad, amor, sencillez y coherencia entre los padres que están de común acuerdo en unas normas claras y precisas, perfectamente conocidas por los hijos, a las que todos deben atenerse sin concesiones. Es sembrar esperanza en la mente y en el corazón de nuestros hijos y creerlos: capaces, nobles, bondadosos, notables, creativos y felices; enseñarles a vivir con plenitud un presente de dicha, felicidad y paz y que en esto consiste labrarse su futuro.

Así, cuando tu hijo... te busque con su mirada, míralo; te tienda sus brazos, abrázalo; te busque con su boca, bésalo; te quiera hablar, escúchalo; se sienta desamparado, ampáralo; se sienta solo, acompáñalo; te pida que lo dejes, déjalo; te pida volver, compréndelo; te pida jugar con él, juega con él; se sienta triste, consuélalo; esté en el esfuerzo, anímalo; pierda toda esperanza, aliéntalo.

Pues si un niño... vive criticado, aprende a condenar; vive con hostilidad, aprende a pelear; vive avergonzado, aprende a sentirse culpable; vive con tolerancia, aprende a ser paciente; vive estimulado, aprende a confiar en sí mismo; vive apreciado, aprende a apreciar; vive con equidad y justicia, aprende a ser justo; vive sintiendo seguridad, aprende a tener fe; vive con aprobación, aprende a estimarse; vive en un ambiente de amistad, aprende que el mundo es un lugar agradable para vivir y contribuye a este ideal.
Al hilo de este último punto, unos extractos adaptados de Gibrán Jalil Gibrán de su obra "El Profeta":
Cuando el amor os llegue, seguidlo. Y cuando os hable, creed en él. Os amansará para que lo dócil y flexible brote de vuestra dureza, para que conozcáis los secretos de vuestro propio corazón. Porque así como se remonta a lo más alto y acaricia vuestras ramas más delicadas que tiemblan al sol, así descenderá hasta vuestras raíces y las sacudirá desarraigándolas de la tierra.
El amor no posee ni quiere ser poseído. Recordad también esto cuando lleguen los frutos de vuestro amor: vuestros hijos no son vuestros hijos, son los hijos y las hijas del anhelo de la Vida, ansiosa por perpetuarse. Por medio de vosotros se conciben, mas no de vosotros. Y aunque estén a vuestro lado, no os pertenecen. Sois el arco desde el que Dios, el Arquero, lanza a vuestros hijos como flechas vivientes hacia lo lejos. Dejaos moldear alegremente por el Arquero, porque así como Él ama la flecha que vuela, así ama también el arco que se tensa.
Nacisteis juntos y juntos permaneceréis para siempre, aunque las blancas alas de la muerte dispersen vuestros días. Mas dejad que en vuestra unión crezcan los espacios. Amaos uno a otro, mas no hagáis del amor una prisión. Llenaos mutuamente las copas, pero no bebáis sólo en una. Cantad y bailad juntos, pero que cada uno de vosotros conserve la soledad para retirarse a ella a veces. Hasta las cuerdas de un arpa están separadas aunque vibren con la misma música.

El amor no tiene más deseo que realizarse, mas si amáis y no podéis evitar tener deseos, que vuestros deseos sean éstos: despertar al alba con un corazón alado y dar gracias por otro día más de amor… y dormir luego con una plegaria por el ser amado en vuestro corazón y con una canción de alabanza en vuestros labios.

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